CONCIENCIA Y MATERIA – UNA RELACIÓN BIDIRECCIONAL

Después de que el Capítulo 1 señalara las limitaciones del mapa científico, el Capítulo 2 comienza a construir un nuevo cimiento. Si la conciencia y la materia no son dos entidades separadas, ¿cuál es su verdadera relación?

Extraído de “EL UNIVERSO MÁS ALLÁ DEL BIG BANG”, este capítulo explora el Monismo a través de la metáfora del «agua, hielo y vapor». Desde el efecto placebo hasta un pensamiento que levanta una mano, el autor demostrará que la conciencia y la materia son un sistema interactivo bidireccional inseparable.

Le invitamos a leer el contenido completo del Capítulo 2 a continuación.

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Autor: Aiden Lee, Fundador de THE LIVES MEDIA




Capítulo 2: CONCIENCIA Y MATERIA – UNA RELACIÓN BIDIRECCIONAL



1. Vapor, Agua Líquida y Hielo: La Teoría del Monismo

Después de habernos situado en el borde del mapa de la ciencia moderna y contemplado sus vastos espacios vacíos, necesitamos un nuevo punto de apoyo, una brújula para comenzar nuestro viaje de exploración. Ese punto de apoyo no es un descubrimiento novedoso, sino una de las ideas más profundas y antiguas de la humanidad, una corriente subterránea que ha fluido a través de las civilizaciones de Oriente y Occidente. Es la Teoría del Monismo.

Suena complejo, pero su idea central es increíblemente simple: todas las cosas en el universo, aunque se manifiesten en innumerables formas diferentes –desde una piedra inerte hasta un pensamiento fugaz, desde una galaxia lejana hasta una emoción profunda–, se originan de una única esencia, una única realidad fundamental.

Según esto, la conciencia y la materia no son dos entidades separadas, una «sujeto» y la otra «objeto», como suele asumir el pensamiento dualista. No se oponen. Son simplemente dos estados diferentes de manifestación de la misma verdad.

Para visualizarlo, pensemos en el agua. El agua puede existir en estado líquido, la que bebemos a diario, suave y fluida. Al calentarse, se convierte en vapor invisible, se expande en el aire, pareciendo no tener forma ni límites. Al enfriarse, se congela en hielo sólido, con una estructura clara y propiedades completamente diferentes.

Vapor, agua líquida y hielo. Tres estados que parecen totalmente distintos. Pero nadie duda de que su esencia profunda es una sola: H₂O.

El monismo sugiere que la conciencia y la materia son así. ¿Podría ser que la materia sea simplemente el estado de «hielo» de la realidad? Condensada, tangible, estructurada. ¿Y podría ser que la conciencia sea el estado de «vapor» de la realidad? Sutil, expansiva, invisible. Si esto es cierto, el eterno debate de «¿cuál vino primero, cuál determina a cuál?» se vuelve irrelevante. Sería como preguntar «¿qué vino primero, el vapor o el hielo?». La respuesta es que ninguno vino primero. Son solo manifestaciones diferentes de la misma esencia original, dependiendo de las condiciones energéticas del entorno.

En Occidente, el filósofo Baruch Spinoza habló de una única «Sustancia», de la cual tanto el «pensamiento» (conciencia) como la «extensión» (materia) son solo atributos. En Oriente, Lao-Tse escribió sobre el «Tao», un principio invisible e innombrable, pero que es el origen de todas las cosas.

En particular, justo al comienzo del Tao Te Ching, Lao-Tse escribió: «Lo sin nombre es el principio del cielo y la tierra; lo con nombre es la madre de todas las cosas».

Aquí encontramos un paralelismo asombroso. ¿Podría ser que lo «sin nombre» –ese estado primordial, invisible, indefinible– sea otra forma de llamar al plano de la Idea, al estado de «vapor» de la realidad? ¿Y que lo «con nombre» –cuando todas las cosas ya tienen nombre, forma y son distinguibles– sea el mundo material «condensado», el estado de «hielo»? Las palabras del antiguo sabio no parecen ser solo filosofía, sino que describen un proceso de creación cósmica: de lo Sin-Nombre a lo Con-Nombre, de la Conciencia a la Materia.

Cuando aceptamos esta posibilidad, aunque solo sea como una hipótesis, se abre una increíble puerta de percepción. Nos permite hacer una pregunta aún más audaz: si la conciencia y la materia son solo dos estados de la misma cosa, ¿podría existir un proceso de «transformación» entre ellas?

En otras palabras, ¿puede un pensamiento convertirse en materia?

Esta ya no es una pregunta puramente filosófica. Nos lleva a considerar la evidencia muy real que ocurre en nuestro propio cuerpo y en nuestra vida cotidiana.




2. Las Huellas de la Idea en el Cuerpo

Si la conciencia y la materia son dos caras de la misma realidad, su conexión no puede ser una teoría abstracta. Debe ser una verdad observable, una experiencia tangible. Y, de hecho, el laboratorio más perfecto para observar esta interacción es nuestro propio cuerpo. Cada día, cada hora, cada minuto, somos testigos del milagro de la conciencia controlando la materia, pero como es tan familiar, lo damos por sentado.

Comencemos con la evidencia más simple. Ahora mismo, intenta pensar: «Quiero levantar mi mano derecha». Casi instantáneamente, se desencadena una compleja cadena de eventos físicos. Una señal electroquímica se envía desde el cerebro, viaja a lo largo de los nervios hasta los músculos del brazo, haciendo que se contraigan en una secuencia precisa, y tu brazo –un objeto con masa que obedece la ley de la gravedad– se ha movido exactamente según tu voluntad.

Un pensamiento, algo completamente invisible e inmaterial, ha iniciado una acción física concreta. Hacemos esto miles de veces al día sin pensar. Pero si nos detenemos a reflexionar, es un fenómeno verdaderamente extraordinario. El «deseo» se ha convertido en «movimiento». La conciencia ha dado una orden directa a la materia.

Profundicemos un poco más. Muchos de nosotros podemos controlar procesos biológicos que se consideran automáticos. Los monjes, los yoguis o los practicantes avanzados de qigong pueden ralentizar voluntariamente su ritmo cardíaco, bajar su presión arterial e incluso cambiar la temperatura de su cuerpo. A través de la concentración de la conciencia, pueden intervenir en el funcionamiento del sistema nervioso autónomo, algo que la medicina moderna alguna vez consideró imposible. La «intención» enfocada ha cambiado la «función fisiológica».

Yendo aún más lejos, podemos ver que el pensamiento crea rastros materiales medibles. Cuando estás feliz, triste o concentrado, tu cerebro emite diferentes tipos de ondas cerebrales (alfa, beta, theta, delta) con frecuencias y amplitudes completamente distintas. Estas ondas son oscilaciones electromagnéticas reales que pueden ser registradas por un electroencefalograma (EEG). Un estado mental, una emoción, se ha «materializado» en una señal eléctrica medible.

Y quizás, la evidencia más convincente del poder de la conciencia reside en un fenómeno que la ciencia siempre ha tenido que admitir, aunque no pueda explicarlo por completo: el efecto placebo. A un paciente se le da una pastilla de azúcar, pero se le dice que es un analgésico muy potente. Después de tomarla, un porcentaje significativo de pacientes informa que su dolor ha disminuido considerablemente. Su creencia –un estado puramente de la conciencia– ha activado mecanismos de curación reales dentro del cuerpo. Su sistema nervioso ha producido endorfinas, un «analgésico» natural, simplemente porque creían que estaban siendo tratados. La conciencia no solo controla la materia, sino que también puede cambiar su estado, pasando de un estado de «enfermedad» a un estado de «salud».

Finalmente, mírate al espejo. La sabiduría oriental tiene un dicho, «la apariencia nace del corazón«, que significa que el rostro de una persona cambia gradualmente según su disposición mental. Una persona que siempre es alegre, amable y tolerante suele tener un rostro sereno y benévolo. Una persona que a menudo frunce el ceño, está resentida o es envidiosa, con el tiempo, esas emociones negativas se grabarán en su rostro como arrugas y rasgos severos. Esto no es superstición. Los estados de conciencia prolongados afectan la contracción de cientos de pequeños músculos faciales, influyen en la circulación sanguínea y el equilibrio hormonal, y a lo largo de los años, esculpen nuestra apariencia física.

Desde el simple acto de levantar una mano hasta cambiar la apariencia de toda una vida, esta cadena de evidencia apunta en una dirección. La conciencia no es un pasajero pasivo en el carruaje del cuerpo. Es el conductor, quien sostiene las riendas y decide el rumbo. Las huellas de la idea están impresas en la materia de una manera clara e innegable.




3. El Eco de la Máquina: Cuando la Materia Habla

Si la historia terminara con la conciencia controlando por completo la materia, nuestra visión del mundo sería simple, pero quizás incompleta. La realidad muestra que esta relación es mucho más compleja y bidireccional. Al igual que un conductor experto depende del estado de su vehículo, nuestra conciencia, en este reino, también está profundamente influenciada por el estado de la «máquina» física que habita: el cerebro y el cuerpo.

La evidencia más clara proviene de los efectos químicos. Una pequeña cantidad de alcohol en la sangre altera nuestro juicio, control emocional y tiempo de reacción. Una taza de café puede aumentar el estado de alerta y la concentración. Ciertos medicamentos pueden calmar la ansiedad o combatir la depresión al interferir directamente con el equilibrio de neurotransmisores en el cerebro. En estos casos, un cambio puramente material (químico) ha producido un cambio notable en el estado de la conciencia (estado de ánimo, percepción).

Del mismo modo, el daño físico al cerebro puede tener consecuencias asombrosas. Un golpe en el lóbulo frontal puede convertir a una persona apacible en alguien irascible e impulsivo. Un tumor en una ubicación específica puede alterar por completo la personalidad o deteriorar la memoria. La clásica historia en neurociencia de Phineas Gage, un trabajador ferroviario cuyo cerebro fue atravesado por una barra de hierro en el siglo XIX, es un trágico testimonio. Sobrevivió al accidente, pero de ser un hombre tranquilo y confiable, se convirtió en una persona grosera, impaciente y completamente diferente. La «máquina» estaba rota, y el «conductor» también parecía haber cambiado.

Y ahora, la humanidad está en el umbral de una revolución aún más profunda: la fusión directa de la conciencia y la máquina. Proyectos pioneros como Neuralink de Elon Musk están desarrollando interfaces cerebro-computadora, con el objetivo de implantar microchips en el cerebro. En su etapa inicial, esta tecnología promete ayudar a las personas paralizadas a controlar computadoras o prótesis solo con el pensamiento. Esto sigue siendo un ejemplo de «la conciencia controlando la materia».

Pero su visión a largo plazo va mucho más allá. Imaginan un futuro donde los humanos puedan descargar conocimientos directamente en el cerebro, o incluso conectar su conciencia a la inteligencia artificial. En ese punto, la línea se desdibujaría. Un chip físico, un dispositivo electrónico, tendría la capacidad de mejorar o alterar directamente las facultades de la conciencia, como la memoria o la velocidad del pensamiento. Si eso se hiciera realidad, sería una prueba irrefutable de que intervenir en la estructura material del cerebro puede alterar la naturaleza de la experiencia consciente.

Estos ejemplos no contradicen lo que discutimos en la sección anterior. Al contrario, completan el panorama. Muestran que, si bien la conciencia es la iniciadora, la que da las órdenes, también escucha el «eco» de la propia herramienta física que utiliza.

La relación entre la conciencia y la materia no es una relación unidireccional de amo y sirviente. Es más como un diálogo, una danza de interacción constante. La conciencia puede dar forma a la materia, pero la materia también crea las condiciones, las limitaciones y el potencial para la expresión de la conciencia. Ambas parecen estar unidas en un bucle causal sin un principio o fin claros.




4. El Artista y el Piano: Un Sistema Interactivo

Imagina a un genio pianista actuando. Su voluntad y emociones fluyen a través de sus diez dedos, deslizándose sobre las teclas, creando melodías que conmueven el alma. En ese momento, el artista parece ser el único creador, y el piano solo una herramienta pasiva para expresar su idea. Esta es la imagen de «la conciencia controlando la materia».

Pero la historia no termina ahí. El piano mismo tiene su propia estructura y reglas. Tiene 88 teclas dispuestas en un estricto orden armónico, tiene un rango limitado y un timbre característico que no se puede cambiar. El artista, por muy talentoso que sea, debe tocar dentro del marco de esas reglas. No puede hacer que una tecla de Do suene como una nota de La. Y más importante, si el piano está dañado –si una cuerda está rota, una tecla atascada–, por muy hermosa que sea la idea en su cabeza, la música que salga sonará desafinada y desagradable. Esta es la imagen de «la materia afectando a la conciencia».

El artista y el piano. Esta metáfora nos ayuda a escapar del pensamiento dualista de «¿cuál determina a cuál?». No son dos entidades separadas, sino un sistema interactivo inseparable.

El artista no crea el piano, y el piano no crea al artista. Se han encontrado, cada uno con sus propias cualidades, y juntos crean una sinfonía. Que la música sea buena o mala no depende solo del artista, ni solo del piano. Depende de la armonía y la interacción entre ambos.

En este universo, la conciencia y la materia están creando juntas la sinfonía de la existencia. Podemos ver la conciencia como el artista y la materia como el piano. Dialogan y se moldean constantemente en una danza creativa infinita. Este cuadro es armonioso y lógico, pero se basa en la inferencia y la observación desde nuestra perspectiva. ¿Hay alguna confirmación de un nivel superior de percepción, una afirmación directa en lugar de solo una metáfora filosófica?




5. Una Afirmación desde un Nivel Superior de Percepción

Los argumentos que hemos seguido, desde levantar una mano hasta el efecto placebo, desde la metáfora del piano hasta las filosofías de Oriente y Occidente, son todos esfuerzos del pensamiento humano para acercarse a una verdad profunda. Usamos la lógica, la observación y la inferencia para concluir que la conciencia y la materia parecen ser un sistema unificado. Pero esto sigue siendo el resultado de un proceso de «mirar desde afuera».

Sin embargo, en los antiguos sistemas de sabiduría de la cultivación espiritual, el problema se aborda de una manera completamente diferente: «mirando desde adentro». Sostienen que existen estados superiores de percepción, alcanzables a través del cultivo del carácter y la meditación, que permiten a las personas percibir y realizar directamente la naturaleza de la realidad, en lugar de solo teorizar sobre ella.

Desde este nivel de percepción, la respuesta ya no es una teoría filosófica compleja, sino una verdad evidente.

En un profundo sistema de sabiduría de la cultivación, se enseña que la materia y el espíritu son, en esencia, uno, que tienen una «naturaleza única». No dicen que «interactúan» o se «influyen» mutuamente como dos entidades separadas. Dicen que son lo mismo. Como el anverso y el reverso de una hoja de papel, no pueden existir el uno sin el otro y son, de hecho, dos aspectos de la misma cosa.

Esta afirmación tiene un significado inmenso. No es una conclusión filosófica extraída después de sopesar la evidencia. Se presenta como una verdad vista directamente por aquellos que han alcanzado un reino de percepción más allá de la gente común. Es la diferencia entre un científico que analiza la composición química del hielo y el agua y concluye que son lo mismo, y una persona común que ve con sus propios ojos cómo un bloque de hielo se derrite y se convierte en agua. Uno es inferencia, el otro es testimonio.

La afirmación de esta «naturaleza única» es la pieza final, el fundamento más sólido para todo este capítulo. Eleva todo nuestro argumento de una plausible hipótesis filosófica a una verdad que ha sido realizada en un plano superior.

Con este fundamento en mano –que la conciencia y la materia son inseparables, sino dos manifestaciones de la misma esencia– estamos listos para explorar los mecanismos más profundos. Si la realidad es un todo unificado, ¿cómo está organizada? ¿Qué órdenes operan detrás del mundo manifiesto que vemos? Ese es el viaje que comenzaremos en el próximo capítulo.




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